En Málaga se bebe un vino que dio la vuelta al mundo mucho antes que nosotros. Y se sigue bebiendo como hace un siglo: de pie en la barra, ante una hilera de toneles. El camarero, por su parte, apunta la cuenta con tiza sobre la madera gastada. El vino de Málaga es, ante todo, eso. Un vino dulce de leyenda, servido sin ceremonia, a pocos minutos a pie de Casa Beatas. Esto es lo que hay que saber, y sobre todo dónde ir a probarlo.
Un vino dulce de leyenda, el «Mountain wine»
El vino dulce de Málaga fue uno de los grandes vinos de exportación de Europa. En los siglos XVIII y XIX, los ingleses lo llamaban el «Mountain wine», el vino de la montaña. Corría entonces por las mesas del norte del continente. Hasta tuvo sus títulos de nobleza: una vieja casa de la ciudad fue proveedora de la reina Isabel II. La denominación DO Málaga nació en 1933, una de las más antiguas de España. Un detalle útil: protege los vinos dulces, pero también vinos secos y generosos. Málaga no es, pues, solo cosa de azúcar. La producción cayó mucho en el siglo XX, tras la filoxera y la moda de los vinos secos. Pero un puñado de casas aguantó. Gracias a ellas se bebe todavía este vino en su decorado de origen.
Pedro Ximénez y Moscatel: entender los estilos
Dos uvas blancas lo hacen casi todo. El Pedro Ximénez da vinos oscuros y espesos. En ellos se encuentran aromas de pasa, de café y de chocolate. El Moscatel, en cambio, es más ligero, floral y perfumado. El secreto es antiguo. Se dejan las uvas secar al sol sobre cañizos, a veces casi tres semanas, para concentrar el azúcar. En los toneles leerás palabras como seco, Lágrima, Trasañejo o Pajarete. Son otros tantos estilos y crianzas. Lo más sencillo es aún preguntar: te harán probar antes de elegir.

El Cartojal, la estrella rosa de la Feria
Si vienes en agosto, imposible perdértelo. El Cartojal es un Moscatel pálido, joven y dulce. Se vende por todas partes durante la Feria de Málaga, en vasos de color rosa fucsia que invaden la ciudad. Se despacharían unas 240 000 botellas en los nueve días de fiesta. La cifra circula; tómala por lo que es. Servido bien frío, es sin más el sabor del verano malagueño. No es un vino de guarda, sino un vino de fiesta. Se bebe joven, entre amigos, en medio del gentío.
Las bodegas históricas del centro
Para probarlo como manda la tradición, aquí van tres direcciones, todas a pie. Primero, la Antigua Casa de Guardia, en la Alameda Principal. Es la taberna más antigua de la ciudad, fundada en 1840. El vino sale de los toneles alineados a lo largo de la barra. Y la cuenta se escribe con tiza sobre la madera. Se va por el ambiente de antaño, y por unos pocos euros la copa. Luego, El Pimpi, abierto en 1971 junto al museo Picasso. Es más bien una bodega-restaurante: patios, muros cubiertos de carteles de Feria, toneles firmados por la familia Picasso o por Antonio Banderas, uno de los copropietarios. Por último, en nuestra propia calle, en el 43 de la Calle Beatas: Los Patios de Beatas. La casa alinea más de 600 vinos y ofrece verdaderas catas, a cincuenta metros del hotel. En todos los casos, déjate guiar. Un Moscatel para empezar, un Pedro Ximénez para acabar, y listo.

Cómo degustarlo, y dónde dejar la copa
El vino dulce se sirve fresco, en poca cantidad. Suele ser al final de la comida, o de aperitivo. Le van bien el queso azul, los frutos secos, un postre sencillo. Pero lo más malagueño es beberlo de pie, con una tapa, sin ceremonia. Y por apenas unos euros, se prueban varios estilos seguidos: es uno de los placeres más baratos de la ciudad. Mi consejo para terminar: abre con un Moscatel bien frío, acaba con un viejo Pedro Ximénez o un raro Trasañejo, y deja que el tabernero te guíe de un tonel a otro. Así se bebe el vino dulce en Málaga: de pie, sin ceremonia, con la cuenta garabateada con tiza en la barra.






